La kasba transformada en Hotel Tomboctou

El edificio hoy transformado en Hotel Tomboctou es una verdadera kasba de tierra cruda, construida en 1944 por el shij Bassou Ou Ali, primer vecino de Tinghir que se atrevió a abandonar el ksar con su familia para instalarse entre el palmeral y el camino que comunicaba la explanada del zoco a la pista de Ouarzazate. Esta kasba de tapial constaba de dos plantas y estaba rodeada por una muralla, dentro de la cual había asimismo algunos anexos, como establos, un jardín, hornos para el mechuí y un riad destinado a alojar a los huéspedes.

No siendo ya el objetivo principal del dueño la defensa, como en las kasbas más antiguas, sino la recepción de invitados y el prestigio, este edificio presentaba un aspecto lujoso y moderno para su época. Un patio central bastante grande, con más de tres metros por tres, estaba rodeado de pilares y de arcadas de yeso precediendo las galerías cubiertas, tras las cuales se abrían habitaciones y salones.

En la planta baja, la habitación del shij era la única que tenía una ventana abierta al lado este, permitiéndole controlar quien entraba y salía del recinto; el salón estaba reservado a las mujeres, y las demás piezas servían para almacenar alimentos. En el primer piso, un largo salón servía para recibir a los invitados de alto rango -dado que el shij mantenía una importante actividad política- y otro de dimensiones similares era para el pueblo. Había asimismo una habitación en la que se guardaban las teteras, las bandejas de plata, los vasos importados de Europa y otros materiales de valor; sólo el dueño de la casa tenía la llave.

En torno a la azotea, en las cuatro torres, cuatro pequeñas habitaciones eran utilizadas por los jóvenes solteros de la familia. Los sirvientes, por su parte, se alojaban y trabajaban en un anexo pegado a la kasba por su lado sur, que incluía también la cocina y un patio propio rodeado de galerías, pero sin arcadas.

En el interior, las paredes estaban enlucidas con yeso y unos falsos techos del mismo material tapaban en el piso alto los techados de cañas. En el exterior, el acabado se mantenía dentro de la tradición, hecho de barro y paja, si bien estaba protegido por un alero de tejas verdes de cerámica de El Hart. Las ventanas de hierro forjado eran bastante grandes, hasta 70 x 100 cm. en el primer piso. Las puertas de las estancias, de madera de pino, seguían un modelo claramente urbano.

Antes y después de la independencia de Marruecos, la kasba vivió momentos gloriosos. Muchos aún se acuerdan de los tiempos en que se habían llegado a degollar cuarenta corderos en un solo día para hacer mechuís, así de importante era el número de invitados.

En 1966, Rom Landau escribió: "Para mi primera visita a la mañana siguiente, el supercaíd en persona me acompañó. Por razones de etiqueta, había elegido la kasba del shij Bassou, uno de los hombres más ricos de la comarca. Su kasba era bastante nueva, construida en 1944, y pronto descubrí que era muy distinta de las kasbas de Skoura. Aunque la entrada era relativamente débil, tenía un aire impresionante, pues la puerta estaba cubierta de metal, pintado de blanco como la nieve, en contraste con el marrón claro de las paredes que la rodeaban. Una vez franqueada la puerta, nos encontramos en un patio clásico, de forma cuadrada. El edificio de la kasba en sí era también cuadrado, simétrico y formal en el diseño, lo que hacía pensar en un ksar más que en una kasba.

"Era interesante ver esta interpretación moderna, aunque no tenía la intención de incluir muchas estructuras reciente en mi estudio. Sin embargo, poseía ciertas características que me llamaron la atención. Las kasbas situadas más al oeste, por lo general de edad mucho mayor, mostraban signos de deterioro, daban pruebas de adiciones sucesivas y, en consecuencia, habían perdido su simetría original, aunque no necesariamente su forma. La kasba del shij Bassou no poseía ninguno de los zigzagueantes pasadizos, patios diminutos, misteriosas entradas y escaleras empinadas desapareciendo en la oscuridad absoluta que caracterizaban a muchas de estas kasbas occidentales. El material de construcción era la tierra; sin embargo, los muros habían sido reforzados con troncos de palmera datilera y los techos también eran de madera de palma. Las habitaciones daban a un patio interior siguiendo la típica tradición moruna.

"El shij Bassou nos condujo por la escalera a una habitación del primer piso, probablemente reservado para la recepción de los huéspedes. Para mi sorpresa, me encontré con que estaba amueblada con un sofá, una alfombra, varias mesas y lámparas de mesa y otras comodidades muy excepcionales en mi experiencia en kasbas. Nuestro anfitrión, un anciano corpulento, ya no trabajaba en sus tierras, sino que tenía a cuatro trabajadores empleados, principalmente para el cultivo de aceitunas y dátiles. No les pagaba con dinero, sólo les daba una quinta parte de la cosecha y tres comidas diarias: para el desayuno, té con menta y pan; para el almuerzo, carne, verduras y pan, y para cenar cuscús. Cuando le pregunté cuál era la función de las torres defensivas de su kasba, escasamente necesarias en mitad del siglo XX, admitió que habían sido erigidas para fines puramente decorativos y con el objeto de mantener la tradición establecida. Incluso la muralla que cerraba su finca estaba allí porque eran «tradicionalmente» correcta.

"Aunque habíamos llegado a su kasba inmediatamente después de nuestro propio desayuno, el shij Bassou insistió en que degustáramos su té a la menta, pan recién sacado del horno, mantequilla y miel. La atmósfera del lugar, la limpieza y el orden eran más bien parecidos a los de una casa de las ciudades del norte; las kasbas del sur suelen estar más descuidadas, cubiertas de polvo y escombros, y no pocas veces son muy primitivas en su concepción".

El shij Bassou vivió en ella hasta el año 1978, trasladándose luego a una nueva casa de hormigón armado que se hizo construir justo al lado y en la que murió en 1993.

Ese mismo año comenzaron las obras de restauración de la kasba, dirigidos por el escritor español Roger Mimó tras alquilar el conjunto a los herederos. El objetivo era transformar la vieja morada en un alojamiento turístico.

El carácter lujoso del edificio permitió convertirlo en un establecimiento de un nivel bastante elevado. Los grandes salones fueron partidos en dos y todas las habitaciones equipadas con cuartos de baño, lo que constituyó una innovación en la arquitectura de tierra y un ejemplo a seguir por otros dueños de kasbas de la región.

Aparte de esto, la estructura original del edificio se respetó por entero, así como los materiales: el barro con paja para el revocado, las vigas de troncos de palmera, los aleros de cañas, etc. Pero el suelo de la azotea se recubrió con una capa de cal y arena para mejorar su impermeabilidad.

El éxito de esta experiencia ha animado a otros inversores a restaurar y transformar diferentes kasbas de la región en alojamientos turísticos.